Bienvenidos a nuestra Blog

Blog oficial de la Escuela Profesional de Gerontología de la Universidad Alas Peruanas en Lima Perú.

Nuestra Escuela de Gerontología

Conoce más sobre nuestra Escuela de Gerontología

Perfil Profesional del Gerontólogo UAP

Descubre el perfil del egresado de la Escuela Profesional de Gerontología de una Universidad Alas Peruanas.

viernes, 6 de noviembre de 2015

La dieta mediterránea mantiene el cerebro en buena forma durante la vejez

Pocos días antes de que la OMS diera a conocer su informe sobre los perjuicios del consumo de carnes rojas y procesadas, se publicó un estudio también relacionado con salud y alimentación, pero que fue poco reproducido por los medios.

El 21 de octubre, en la revista estadounidense Neurology aparecieron los resultados de una investigación de la Universidad de Columbia, en Nueva York, que señalan que seguir la llamada dieta mediterránea, basada en pescado, verduras, legumbres, cereales, frutas frescas y secas, y grasas monoinsaturadas como el aceite de oliva, podría reducir el encogimiento y el envejecimiento del cerebro. El estudio, dirigido por la neuróloga Yian Gu, fue realizado en 674 estadounidenses que promediaban los 80 años. Entre las conclusiones estaban los siguientes datos sorprendentes:

El cerebro de quienes mantenían una dieta cercana a la mencionada era más grande, y el volumen de masa gris era mayor que el de aquellos que no llevaban ese tipo de dieta. Eso, según la investigación, equivalía a unos cinco años de envejecimiento, con perjuicio, por supuesto, para los peor alimentados.

La relación se establecía entonces entre una alimentación sana, que reduciría el riesgo de enfermedades cardiovasculares, y eso a la vez influiría en la conservación del tamaño del cerebro a edades avanzadas.

En general, la información acerca de la dieta mediterránea, y en particular el estudio de la Universidad de Columbia, hacen hincapié en que, para que los beneficios sean óptimos, la alimentación regular debe ser limitada en carnes, en productos lácteos y en grasas saturadas y, por el contrario, suficiente en pescado, es decir de al menos 115 gramos por semana. En términos especializados eso quiere decir una dieta rica en Omega 3 y en antioxidantes.

Pero entre los alimentos beneficiosos también hay los más destacados, como las nueces, y hay a la vez detalles que tener en cuenta, por ejemplo el de limitar el consumo de peces grandes como el espada o la caballa, en los que la concentración de mercurio puede ser nociva.

Antes de que la comunidad científica hablara sobre los efectos de la dieta mediterránea en el volumen que toma el cerebro en su proceso de envejecimiento, había sido más específica y mostrado un mayor consenso respecto a la relación de ese tipo de alimentación con la enfermedad de Alzheimer. Los beneficios, en ese caso, serían indudables.

Más allá de sus beneficios para la salud, la dieta mediterránea constituye un estilo de vida y una herencia cultural que tiene siglos de historia. Prueba de su relevancia es que en noviembre de 2010 fue declarada Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por parte de la Unesco.

Entrevistados: Dr. Mario Riverol, neurólogo en la clínica Universidad de Navarra, y Dra. Teresa Cóccaro, nutricionista del Instituto de Neurociencias de Buenos Aires.

Fuente: Españl RFI

jueves, 5 de noviembre de 2015

Beneficios de la naranja

Las naranjas son una de las frutas más nutritivas que hay. Además de la inmensa cantidad de beneficios de la naranja para la salud, también son extremadamente deliciosa. Las naranjas son una de las frutas más populares en todo el mundo y no creo que haya ninguna parte del mundo que vaya a ir y no las encuentre.

La  naranja es de la familia ructaceae , que cuenta con otros miembros como el pomelo, o la mandarina. En este artículo, vamos a echar un vistazo a algunos de los grandes beneficios de la naranja para nuestra salud y rendimiento deportivo. Tal vez después de leer el artículo entero se convertirá en un fan de las naranjas, estoy convencido.

Previene el cáncer

Según los científicos, el consumo regular de  naranjas puede ayudar a luchar contra el cáncer, como el cáncer de pulmón, cáncer de boca, cáncer de mama y cáncer de piel. Las naranjas tienen un compuesto en ellas llamado D-limoneno, que también se encuentra en otras frutas cítricas. Este componente  juega un papel muy importante en la prevención de los tipos de cánceres mencionados anteriormente.

Presión arterial

Las naranjas juegan un papel crucial en la reducción de la presión arterial. Las naranjas tienen la hesperidina, un compuesto que los estudios han demostrado que juega un papel importante cuando se combina con el magnesio para disminuir la presión arterial en una persona.

Baja los niveles de colesterol “malo”

La naranja puede ayudarnos a bajar los niveles de colesterol malo en los seres humanos . El mismo compuesto de hesperidina que está en las naranjas que reduce el nivel de la presión arterial alta, es la misma propiedad que nos ayuda a bajar los niveles de colesterol malo en el cuerpo.

Al hacer esto, la hesperidina funciona en conjunción con otro compuesto muy importante en naranja llamada pectina.  De acuerdo con expertos de la salud, la pectina evita que el cuerpo absorba gran cantidad de grasas que contribuyen a niveles peligrosos de colesterol.

Artritis

Las naranjas también son conocidos para ayudar a aliviar el dolor de la artritis y la inflamación. Las naranjas tienen propiedades anti- inflamatorias y es por eso que pueden realizar esta tarea con eficacia. Con un zumo de naranja diario, puede servirnos para combartirla eficazmente.

Sistema inmunológico

Otro de los beneficios para la salud de las naranjas, es el hecho de que puede ayudar de manera significativa a la estimulación y fortalecimiento del sistema inmunológico. Las naranjas contienen niveles muy altos de vitamina C , que son fortalecedores del sistema inmunológico.

Estreñimiento

¿Tienes un problema con el estreñimiento ? Si nuestra respuesta es sí, entonces deberemos consumir naranjas con más frecuencia de lo normal, pues nos ayuda de forma muy efectiva a vencer este mal intestinal. La razón, es que la naranja tiene un alto contenido en fibra, que nos ayuda a promover la expulsión de heces.

Corazón

El último pero no el menos efectivo de los beneficios de la naranja para nuestra salud es el inmenso apoyo que le dan a nuestro sistema cardiovascular. Los expertos dicen que el ácido fólico y herperidin que se encuentra en las naranjas ayuda a mantener saludable a nuestro corazón.

Diabetes

El jugo de la naranja está recomendado para los pacientes de diabetes del tipo ll, ya que tienen poco azúcar y poseen propiedades diuréticas, con lo que pueden ayudar a regular  el exceso de azúcar en la sangre. Asimismo el contenido de vitamina C les ayuda a estos pacientes a minimizar las consecuencias que puede traerles esta enfermedad, como pueden ser las infecciones, la dificultad para cicatrizar o los problemas visuales.

Contraindicaciones

Este, como todos los alimentos, debe ser consumido con moderación, por lo menos hasta comprobar que no provocará ninguna reacción que pueda ser perjudicial para la salud, como pueden ser las alergias o problemas intestinales. Hay algunas personas que tienen que controlar el consumo del jugo de naranja puesto que si lo toman de manera abundante pueden presentar brotes en la piel o migrañas, esto dependerá del grado de tolerancia de cada persona.

miércoles, 4 de noviembre de 2015

Qué hábitos debemos cambiar después de los 40

Está claro que al mundo le falta mucho para convertirse en un lugar ideal. Los conflictos bélicos, las personas que viven por debajo de la línea de la pobreza y, entre otros ejemplos, las desigualdades que se pronuncian entre los que más y menos tienen, sirven como una pequeña muestra para corroborarlo. No obstante, al mismo tiempo se produjo un aumento en el promedio de esperanza de vida y también mejoró la calidad. Una tendencia que suena alentadora, pero que podría ser contraproducente si no se contempla el cuidado de la salud como una herramienta fundamental para engrosar los porcentajes positivos de las estadísticas. En ese sentido, quizás engañe ver sociedades que aparentan ser más juveniles que en otros tiempos. Si bien es cierto que una persona de 40 actual parece el hijo de una símil de un siglo atrás, el tiempo sigue pasando para el cuerpo y es preciso dedicarle su debida atención. De hecho, tras llegar a las cuatro décadas aparecen riesgos vinculados con hábitos poco saludables y factores hereditarios. La prevención, el control y cambios en el estilo de vida son fundamentales para evitar problemas futuros.

Los nuevos riesgos

“La salud es un bien de un valor incalculable, por lo cual, su cuidado debe iniciarse lo más temprano posible instaurándose hábitos saludables.”, explica el Dr Marcelo Serra, médico Internista y coordinador clínico de la Unidad VHL del Hospital Italiano de Buenos Aires. Y agrega: ” Sin embargo, luego de los 40, debe tenerse en cuenta que se incrementan algunos riesgos que van de la mano del estilo de vida y herencia. No todos somos iguales, pero por diferentes motivos biológicos se incrementan las disfunciones articulares, aumenta la frecuencia de hipertensión arterial y de infarto de miocardio; en general ligado a los factores de riesgo cardiovasculares como tabaquismo, sedentarismo, hipertensión, colesterol elevado, estrés, obesidad y diabetes”.

¿Cómo prevenir?

Se recomienda la consulta clínica anual o cada dos años, tiempo que dependerá de si existe alguna patología preexistente. Serra aconseja un chequeo de los niveles de colesterol, glucemia, presión arterial, peso corporal, perímetro de la cintura y HIV. Asimismo, se debe controlar la presión arterial, el peso, los lunares, un examen físico completo acompañado de un laboratorio. “El examen cardiovascular será especialmente importante en quienes comenzaran una actividad deportiva nueva o presenten factores de riesgo. En caso de existir otros síntomas, como urinarios o digestivos, se profundizará según el caso. Luego de los 50, ya se recomienda el rastreo de cáncer de colon y -aunque existe controversia- es prudente prestar atención a la patología prostática”, precisa Serra.

Los hábitos saludables

La actividad física es fundamental para mantenerse sano. “No debe dejar nunca de fomentarse; puntualmente la actividad aeróbica, de intensidad creciente y de una frecuencia no menor a 3 veces semanales. Las caminatas ágiles y rutinarias de al menos 40 minutos suelen ser también muy útiles”, recomienda el Dr. Marcelo Serra. Antes de iniciar una rutina deportiva es recomendable realizar una evaluación cardiológica en la que no estaría mal incluir un examen de potencia aeróbica (cuánto se puede correr de una manera moderada sin llegar a un límite crítico), una antropometría y medir la fuerza muscular en todas sus variantes.

Los hábitos alimenticios también debe formar parte de una vida sana. “Una dieta recomendable debe incluir una cantidad suficiente de fibra, vegetales, cereales, legumbres, frutas, pescado, carnes magras de vaca, cerdo o aves y de a poco dejar de lado los productos de panaderías y kioscos. Deben evitarse las gaseosas no light, el alcohol en exceso y si existiera el hábito tabaquismo es tiempo de dejarlo definitivamente”, concluye Serra.

Fuente: Conexionbrando

martes, 3 de noviembre de 2015

Conociendo la Hipertensión Arterial en el Adulto Mayor

La tensión arterial es la presión con que la sangre circula a lo largo de las arterias. Cuando se mide la tensión arterial se determinan dos cifras, una cifra máxima y una mínima. La cifra máxima o sistólica es la presión que mantiene la sangre cuando el corazón está en sístole, es decir, cuando se contrae y expulsa la sangre al resto del organismo. La cifra mínima o diastólica es la presión que oponen los vasos arteriales cuando el corazón está en diástole, es decir, cuando se dilata y se llena de sangre. 

Hasta hace algunos años se consideraba normal que los sujetos con más de 65 años presentaran una tensión arterial elevada, pues se suponía que esto era una adaptación del organismo al paso del tiempo. Sin embargo se ha demostrado que, a cualquier edad, el aumento de la presión arterial daña las arterias del organismo.

Se considera que toda persona que tenga la tensión arterial por encima de los límites de 140/90 mm Hg debe ser diagnosticada como hipertensa sea cual sea la edad que tenga. En el adulto mayor predomina el aumento de la tensión sistólica de forma desproporcionada con respecto a la elevación de la diastólica o incluso de forma aislada, y el aumento de la presión de pulso, que es la diferencia entre la tensión sistólica y la diastólica.

La hipertensión arterial es una de las enfermedades crónicas de mayor incidencia en la población adulta mayor. Se estima una prevalencia global en personas mayores de 65 años cercana al 60-70%, siendo la hipertensión sistólica aislada la mayoritaria en los adultos mayores.

En la hipertensión arterial del adulto mayor intervienen los cambios morfológicos y funcionales relacionados con el envejecimiento que favorecen la rigidez arterial y los fenómenos de arterioesclerosis, como es la perdida de elasticidad de la pared de las arterias, que por lo tanto tienen menos capacidad para adaptarse a altas presiones, lo que hace que puedan romperse u obstruirse con mayor facilidad. Por otro lado, el corazón del adulto mayor tiene menos capacidad para soportar el aumento de trabajo que le supone la hipertensión arterial y por lo tanto una mayor posibilidad de volverse insuficiente. Asimismo, influyen enormemente el estilo de vida (ejercicio, nutrición, hábitos tóxicos) y las enfermedades padecidas.

El adulto mayor tiene un riesgo más elevado de padecer complicaciones vasculares que los jóvenes hipertensos: angina de pecho, infarto de miocardio, insuficiencia cardíaca, hemorragia o trombosis cerebrales e insuficiencia renal.

La hipertensión en el adulto mayor, al igual que en el joven, se puede clasificar siguiendo distintos criterios. Los más habituales son:

  • Por la etiología, se divide a su vez en dos tipos:
    • Hipertensión arterial esencial o primaria: la causa del 90% de los casos de hipertensión arterial es desconocida, siendo una afección poligénica y multifactorial.
    • Hipertensión arterial secundaria: es el resultado de un amplio espectro de enfermedades. Su prevalencia en mayores de 70 años es entorno al 17-18%. La causa más frecuente en el adulto mayor es la hipertensión por alteración de la circulación renal. Le siguen en frecuencia otras enfermedades como el hipotiroidismo primario o la insuficiencia renal, entre otras.
  • Por la intensidad de las cifras de tensión arterial: se establecen unos grupos de presión arterial: óptima (<120/80 mm Hg), normal (<130/85 mm Hg), normal-alta (130-139/85-89 mm Hg) y alta con diferentes estadios en función de los niveles de presión arterial, a saber, estadio I o ligera a140-159/90-99 mm Hg, estadio II o moderada a 160-179/100-109 mm Hg y estadio III o hipertensión grave si es mayor de 179/109 mm Hg.
  • Según el grado de afectación de los órganos diana o trastornos clínicos asociados como la insuficiencia cardíaca o los accidentes vasculares cerebrales, y/o la presencia de factores de riesgo cardiovasculares como tabaco, dislipemia o diabetes mellitus, se establecen varios grupos de riesgo.

Las crisis hipertensivas son elevaciones de la presión arterial hasta cifras generalmente severas, diastólicas iguales o superiores a 110 mm Hg, habitualmente superiores a 130 mm Hg, instauradas en un tiempo más o menos rápido. Si se acompañan de síntomas sugestivos de lesión aguda de órganos diana, como obnubilación o delirio, disnea, edema periférico, dolor torácico, etc., se habla de emergencia hipertensiva. Pero si no se acompaña de síntomas severos o progresivos de daño orgánico, se habla de urgencia hipertensiva. En ausencia de síntomas una elevación de la presión arterial hasta cifras severas no debe considerarse una emergencia, sino simplemente una hipertensión severa.

La hipertensión arterial evoluciona de forma silente durante decenios, por lo que los adulto mayors sin tratamiento o incumplidores del mismo tienen riesgo de desarrollar lesiones de “órganos diana” por el efecto directo de la tensión elevada o por acelerar y agravar la arteriosclerosis. Las consecuencias son:

  • Efectos cerebrales: la hipertensión arterial es la causa más importante de accidente vascular cerebral. También existe una estrecha relación entre la hipertensión y el desarrollo posterior de deterioro cognitivo o demencia.
  • Efectos cardíacos: constituyen la cardiopatía hipertensiva. Su primera y más frecuente repercusión es la hipertrofia del ventrículo izquierdo, responsable de complicaciones como insuficiencia cardíaca, cardiopatía isquémica, arritmias ventriculares o muerte súbita.
  • Efectos renales: la hipertensión arterial es tanto una causa como una consecuencia de la nefropatía aguda o crónica, constituyendo también un factor determinante de progresión de la enfermedad renal y del riesgo de insuficiencia renal terminal.
  • Efectos vasculares: la hipertensión arterial afecta primariamente a las arterias y arteriolas, ocasionando vasculopatía periférica en forma de claudicación intermitente y vasculopatía retiniana con pérdida de visión.

El procedimiento básico de detección de la hipertensión arterial es la medición protocolizada de ésta en todos los enfermos que acuden a consulta médica puesto que éste es un proceso frecuentemente asintomático. En los pacientes adultos mayores este procedimiento requiere especial cumplimiento dada la elevada prevalencia de hipertensión arterial en dicho grupo de población, su bajo coste y su elevado rendimiento. En cualquier caso la confirmación del diagnóstico implicará varias mediciones, al menos dos o más lecturas en dos o más visitas diferentes si se realizan en consulta.

El fenómeno de bata blanca (cifras altas de tensión arterial puntuales en situaciones de estrés, más concretamente en la consulta del profesional sanitario) es más frecuente en pacientes adultos mayores y afecta de forma más intensa a la presión arterial sistólica. El uso de la automedida domiciliaria de la presión arterial (AMPA) y de la monitorización ambulatoria de la presión arterial (MAPA) debería ser habitual en los pacientes mayores de 65 años.

Siempre hay que considerar los factores que puedan agravar la hipertensión arterial, como son obesidad, sedentarismo, diabetes mellitus, exceso de sal común, abuso de alcohol, estrés o exceso de preocupaciones, ansiedad, angustia, fármacos como corticoides o antiinflamatorios, etc. Algunas personas heredan una cierta predisposición a ser hipertensas, pudiendo presentarse en varios miembros de una familia. La cafeína puede aumentar de forma aguda la tensión arterial pero no tiene relación directa.

El estudio de la hipertensión arterial en el adulto mayor no difiere en gran medida del propio del adulto joven; no obstante, tiene algunas peculiaridades. Se realizará una historia clínica completa y una exploración física, una analítica básica de sangre y orina, un electrocardiograma, una radiografía de tórax y una exploración del fondo de ojo. La investigación está dirigida a varios puntos principales:
  • Confirmación del diagnóstico de hipertensión.
  • Valoración de la posible repercusión en órganos diana.
  • Descartar causas de hipertensión secundaria.
  • Buscar otros factores de riesgo cardiovascular y enfermedades asociadas.

Mientras que el objetivo del tratamiento antihipertensivo en el adulto joven se plantea en términos de disminución de la morbimortalidad cardiovascular y renal, el objetivo prioritario en el adulto mayor debe de ser el mantenimiento de la expectativa de vida libre de discapacidad o, en su defecto, la maximización de la función.

Es imprescindible la realización de un tratamiento no farmacológico previo o conjuntamente a la terapéutica con fármacos, y modificar estilos de vida. Se recomienda:
  • Reducción de la ingesta calórica en caso de sobrepeso.
  • Reducción de la ingesta de sodio mediante supresión de la utilización del salero en la mesa y evitando tomar alimentos precocinados, enlatados y embutidos. Es preferible su utilización sobre la comida una vez cocinada, en vez de utilizarla durante la cocción.
  • Aumento del consumo de potasio (frutas frescas, vegetales y cereales).
  • Aumento de la ingesta de calcio.
  • Andar diariamente más de media hora al día, preferiblemente entre 1 y 2 horas. En los sujetos no entrenados, el objetivo se debe alcanzar de forma paulatina.
  • No ingerir más de 30 gr de alcohol/día (equivalente a 300 ml de vino, 500 ml de cerveza o una copa de licor).

En los casos en que las medidas no farmacológicas no sean suficientes, se podrá prescribir terapia farmacológica individualizada según el grado de hipertensión y las condiciones particulares de cada paciente, en especial las comorbilidades y los tratamientos previos y concomitantes.

El comienzo del tratamiento se hará a la dosis mínima recomendada con aumento progresivo según el objetivo terapéutico a conseguir. La mayor parte de los pacientes necesitará más de un fármaco para controlar la presión arterial, debiendo combinarse los indicados de primera elección. Se recomienda el uso de combinaciones fijas para mejorar la cumplimentación terapéutica, puesto que la mayor parte de los enfermos estarán polimedicados. Se deberá estar atento a los efectos secundarios e interacciones que se puedan presentar.

lunes, 2 de noviembre de 2015

Trastornos del sueño en el Adulto Mayor

El sueño se establece dentro de un ciclo regular de actividad corporal que se conoce como “circadiano” y que además del sueño-vigilia regula la tensión arterial, la secreción de ciertas hormonas como la cortisona o la temperatura corporal, entre otros.

El ciclo sueño-vigilia normal se produce de manera espontánea y periódica cada 24 horas, con 2 fases de sueño: la fase REM de movimiento rápido de ojo (del inglés Rapid Eye Movement) y la fase no REM, que se repiten 4-5 veces cada noche. La fase no REM es la reparadora; en ella hay varias fases: la 1 y la 2 son las de transición de la vigilia, superficiales; la 3 y la 4 son las más profundas. La fase REM es en la que se producen los sueños y es especialmente importante en el estado cognitivo.

A lo largo de la vida, la estructura del sueño se modifica. Conforme el individuo envejece la cantidad total de tiempo que se invierte en el sueño lento se reduce y en consecuencia aumenta el tiempo de sueño ligero (fases 1 y 2). También sucede que el primer período de sueño REM tarda más en establecerse y el tiempo total que se invierte en sueño REM se reduce.

En general los pacientes ancianos tardan más tiempo en dormirse y se despiertan más fácilmente, experimentan frecuentes despertares por la noche y a primera hora de la mañana, lo que les hace más proclives a echar siestas durante el día. Los cambios en el ritmo circadiano también provocan que la conciliación del sueño sea más temprana en personas mayores. Todos estos cambios pueden conllevar un menor nivel de alerta y vigilancia diurnos, una excesiva tendencia a dormir durante el día, cambios de humor y un aumento del riesgo de caídas.

La duración total del sueño disminuye gradualmente, ya que a partir de los 50-60 años se duerme menos tiempo, con un sueño de peor calidad, al cursar éste con frecuentes interrupciones. Así, en líneas generales, el adulto mayor suele dormir un promedio de 6 horas nocturnas y 1-2 horas diurnas frente a las 7-8 horas nocturnas de un adulto no adulto mayor. Aunque en el adulto mayor se prolonga el tiempo que pasa en la cama, estando un promedio de 8,5 horas en ella. Aumenta el número de siestas durante el día y existe una mayor somnolencia y fatiga diurnas.

Aunque existen varias definiciones académicas, en términos prácticos, este trastorno del sueño por defecto se puede definir como "una dificultad para conciliar el sueño o para mantenerlo o incluso un despertar precoz, acompañados de una sensación insuficiente o no reparadora, que se presenta por lo menos 3 veces en una semana durante un mínimo de 1 mes, con las consiguientes repercusiones sobre la vigilia diurna, lo suficientemente graves para dar lugar a cansancio diurno y otros síntomas observables."

Los trastornos del sueño son problemas frecuentes e importantes en el adulto mayor y de ellos el más relevante es el insomnio. Más del 50% de las personas mayores de 65 años que viven en su domicilio refieren tener problemas habituales con el sueño cuando se les pregunta, llegando a alcanzar cifras de alrededor de 2 de cada 3 en el caso de adultos mayores institucionalizados.

Si bien es reconocido que el sueño reconstituye y repara y que la consecuencia más importante de la falta de sueño es un aumento de la somnolencia diurna, su importancia radica también en que incide en el estado general de salud causando irritabilidad, mal humor, falta de concentración, deterioro de la memoria y, por consiguiente, una merma de la salud física y mental, con un intenso efecto negativo sobre la calidad de vida del anciano. Se asocia, además, a un incremento de la morbimortalidad a causa de una disminución del grado de alerta, causando, por ejemplo, accidentes de tráfico, domésticos, caídas, etc.

Asimismo, no se debe olvidar que estas alteraciones del sueño provocan un uso más bien indiscriminado de fármacos para dormir, dando lugar a una de las causas más comunes de reacciones adversas a fármacos entre los adultos mayores.

Formas clínicas

El insomnio se puede clasificar de varias formas, teniendo especial interés práctico valorarlo en función de su severidad, duración y momento de inicio a lo largo de la noche. Así pues, se habla de:

  • Insomnio transitorio: su duración es inferior a una semana. Suele ser autolimitado y con un claro desencadenante, que en el caso de los adultos mayores, suelen ser los cambios de domicilio o dormitorio o las enfermedades agudas intercurrentes.
  • Insomnio de corta duración: su duración se mantiene durante un máximo de 3-4 semanas. Frecuentemente su factor desencadenante es un trastorno afectivo-emocional, como la perdida de un ser querido o problemas con familiares o amigos. Ocasionalmente esta causado por problemas orgánicos agudos graves. Hay que tener en cuenta que muchos de ellos pueden cronificarse.
  • Insomnio crónico: es aquel que tiene una duración mayor de 4 semanas, incluso pudiendo durar meses o años. Aunque algunos tienen una causa orgánica reconocible, suelen plantear problemas tanto de severidad como para conocer su causa. Dentro de este grupo se incluye el ocasionado por fármacos, alcohol, trastornos psicológicos, alteración del ritmo vigilia/sueño y el llamado insomnio "condicionado", que se caracteriza por tratarse de sujetos que tienen tendencia a dormirse en determinadas situaciones, como por ejemplo al ver la televisión, presentando después dificultades para conciliar el sueño por la noche.
  • Insomnio de conciliación o precoz: aparece al comienzo de la noche y se considera cuando se tarda en conciliar el sueño más de media hora. Puede ser debido a patología ansiosa, comidas demasiado abundantes en la noche, calor excesivo en la habitación, preocupaciones recientes o consumo de tóxicos.
  • Insomnio intermedio: se sufren despertares frecuentes durante la noche, aunque se haya dormido bien al inicio. Este tipo de insomnio es frecuente en los síndromes dolorosos, en el síndrome de piernas inquietas, en enfermedades prostáticas, en las insuficiencias cardiorespiratorias y en diversos cuadros psiquiátricos.

Asimismo, con la edad, ocurren cambios en el reloj biológico o ritmo circadiano, de tal manera que a medida que se envejece éste se avanza, produciendo un adelanto de la fase de sueño, de ahí que muchos adultos mayores se quejen de despertarse pronto por la mañana y ser incapaces de volver a dormirse. Estas personas empiezan a sentir sueño al final de la tarde, alrededor de las 20-21 horas, despertándose de madrugada. Por esto mismo, aunque retrasen su hora de acostarse, seguirán despertándose de madrugada, lo cual significa que sólo duermen unas 5-6 horas, según su reloj biológico adelantado. Estos adultos mayores requieren como mejor tratamiento la exposición a la luz solar al mediodía o primera hora de la tarde.

Como trastornos primarios del sueño de elevada frecuencia en el anciano que pueden manifestarse como insomnio con frecuentes despertares nocturnos y somnolencia diurna, cabe destacar:

  • Síndrome de Apnea del sueño (SAS): aunque en estos casos la hipersomnolencia diurna es más típica, los pacientes pueden manifestar como queja primaria el insomnio. Ocurre en un 28% de los varones y un 19% de las mujeres mayores de 65 años. Son individuos que no pueden respirar durante el sueño, con episodios de cese de la respiración (apnea) que pueden durar de 10 segundos hasta 1 ó 2 minutos. La falta de respiración provoca despertares precoces o un sueño poco reparador. Pueden existir desde 10 hasta más de 100 episodios de apnea por hora de sueño. Debe ser sospechado en adultos mayores, sobre todo varones que roncan, obesos, hipertensos, con un sueño fragmentado y no reparador que presenten lentitud mental y falta de concentración. Su importancia radica en que estos pacientes tienen un riesgo aumentado de morbimortalidad cardiaca y cerebrovascular. Ante la sospecha, sería aconsejable remitirlos a la consulta de un neumólogo para conocer sus causas, valorar un estudio polisomnográfico y establecer un tratamiento, bien sea higiénico, como perder peso, farmacológico, mecánico mediante un aparato de presión continua positiva en la vía aérea (CPAP), o incluso quirúrgico, según su origen y gravedad.
  • Síndrome de piernas inquietas: aparece antes de dormir y se caracteriza por una urgencia irresistible de mover las piernas, lo que le obliga a cambiar de posición de forma permanente, dificultando la conciliación del sueño, tanto del paciente como de su acompañante de cama. Suele asociarse a las mioclonías nocturnas, que son movimientos periódicos de las piernas mientras se duerme, de 2-4 segundos de duración y repetidos cada 20-40 segundos. Cada movimiento va seguido de un breve despertar. Ocurre en un 30-45 % de los adultos mayores. Si se manifiestan con clínica, se descartarán entre otras causas la insuficiencia renal, diabetes, enfermedad de Parkinson o efectos de fármacos. Su tratamiento es difícil y con efectos variables.

En muchas ocasiones el problema del sueño se debe a otros problemas; son los trastornos del sueño secundarios:
  • Enfermedades médicas: cualquier enfermedad lo suficientemente grave puede romper el ciclo vigilia/sueño. Los mecanismos habituales que pueden causar insomnio son el dolor, como en enfermedades neoplásicas u osteoarticulares; la disnea, como en enfermedades cardiorespiratorias; el aumento de la frecuencia urinaria o nicturia (un 20% de los despertares de más de 5 minutos en los adultos mayores es causado por el deseo de orinar); enfermedades endocrinas o prostáticas; reflujo gastroesofágico que causa ardor de estómago; y otros muchos.
  • Enfermedades neuropsiquiátricas: como la demencia y la depresión, cursan con gran frecuencia con problemas del sueño. Las pesadillas son frecuentes en adultos mayores con infartos lacunares cerebrales, enfermedad de Parkinson que toman levodopa o en adultos mayores que toman fármacos que actúan sobre la fase REM del sueño como los antidepresivos tricíclicos, el propanolol, los esteroides o la quinidina. En las demencias no es raro que se dé el llamado “síndrome del crepúsculo” que consiste en alteraciones del comportamiento (agitación, agresividad, alucinaciones, etc.) que se inician a la caída de la tarde.
  • Uso de fármacos y otras sustancias: casi todos los fármacos pueden afectar al sueño. Se tiene que tener en cuenta que la mayoría de los adultos mayores toman una o más medicaciones y sus efectos se pueden sumar e incluso multiplicar, bien porque los fármacos actúen directamente sobre el sueño, como en el caso de la teofilina, los antihipertensivos de acción central, la fenitoína, los betabloqueantes o el uso crónico de fármacos tranquilizantes o hipnóticos, bien a través de mecanismos farmacológicos indirectos como la nicturia que causan los diuréticos o la hipoglucemia por mal ajuste de los antidiabéticos orales.
  • El alcohol, el tabaco, la cafeína y el chocolate son estimulantes cuya acción puede durar más de 12 horas. Aunque existen variaciones individuales, los adultos mayores, a causa de su metabolismo, suelen ser más sensibles a sus efectos.
  • Se incluyen también malos hábitos de sueño, factores ambientales, problemas sociales, situaciones de estrés o falta de adaptación a cambios en el estilo de vida.


Diagnóstico:

Algunos adultos mayores o sus familiares piensan erróneamente que la somnolencia diurna es normal en la vejez, así como creen que las personas mayores necesitan dormir menos, por lo que puede influir en que no informen de sus problemas a su médico. Esto hace que, junto a que los adultos mayores suelen sobrevalorar o infravalorar la duración y calidad de su sueño, sea a veces difícil detectarlos y por tanto establecer su tratamiento. En otras ocasiones los cuidadores creen que la persona mayor debe acostarse temprano y despertarse tarde, con unas expectativas desproporcionadas respecto el sueño de los mayores.

Por todo esto en las personas mayores debe confirmarse que realmente exista insomnio y con la colaboración del paciente, sus familiares y cuidadores (en especial si conviven con el adulto mayor) y su pareja se debe averiguar lo siguiente:

  • Comprobar el número de horas que se duerme a lo largo de todo el día y sumarlas. Valorar si la demanda procede del paciente, la familia o los cuidadores; si lo que se pretende es que duerma un número excesivo de horas.
  • Averiguar a qué hora se acuesta, pues si es temprano es lógico que se despierte a las 4 ó 5 de la mañana. Que una persona anciana duerma una media de seis horas al día es suficiente, con todas las diferencias individuales posibles. En ocasiones puede creer que no duerme, así como también la familia y los cuidadores, porque se acuesta temprano y duerme durante el día. En las instituciones a veces se pretende que duerman demasiado.
  • Se debe identificar si existen enfermedades físicas o psíquicas que provoquen o favorezcan el cuadro. Investigar todas las medicaciones que consuma el paciente, incluso productos de parafarmacia, herbales o naturales, que pueden estar repercutiendo en el sueño. Conviene comprobar si padece de un trastorno prostático, existen cuadros dolorosos o toma diuréticos, sufre de insuficiencia cardiorrespiratoria, toma broncodilatadores, etc.
  • Se ha de interrogar a la pareja si observa ronquidos, pesadillas, bruxismo (rechinar de dientes), tirones en las piernas o movimientos bruscos en la cama.
  • Preguntar al paciente si tiene dificultades para conciliar el sueño, si padece despertares tempranos por la mañana o si los despertares son múltiples a lo largo de la noche. Se debe interrogar cómo se siente por la mañana y a lo largo del día y si precisa de siestas. Asimismo, se ha de averiguar si se automedica y las rutinas que sigue al acostarse y levantarse. Es útil la realización de un "diario del sueño" donde se reflejen estos aspectos durante las 24 horas del día en un periodo de 2 a 3 semanas.
  • Los estudios polisomnográficos en el adulto mayor se recomiendan en situaciones especiales, como en caso de duda, durante el estudio de las apneas del sueño o del síndrome de piernas inquietas.

Tratamiento

El tratamiento del insomnio depende de los factores precipitantes: alivio del dolor, control de la ansiedad y de la depresión, tratamiento de la disnea y de la micción nocturna, control de la acidez y del reflujo gastroesofágico, etc.


En cualquier caso es necesario llevar a cabo la llamada higiene del sueño, una serie de consejos para conseguir un sueño efectivo y reparador. Estos son:

  • Evite las comidas pesadas poco antes de acostarse. Por otro lado, tampoco debe acostarse con hambre.
  • Evite los estimulantes como la cafeína, el té y el chocolate al menos 6 horas antes de dormir.
  • Evite beber alcohol poco antes de la hora de dormir. Mientras inicialmente puede adormecerlo, el alcohol mantiene su cerebro en un sueño superficial y poco reparador.
  • Evite la nicotina durante la noche. Esto incluye tanto el tabaco como sistemas para dejar de fumar como los parches de nicotina. La nicotina es un estimulante, como la cafeína. Los fumadores a menudo tienen problemas para dormir porque la duración de una buena noche de sueño es mayor que lo que sus cuerpos quieren resistir sin un cigarrillo y se despiertan temprano debido a la falta de nicotina.
  • Haga ejercicio en las primeras horas del día, de forma regular; evítelo justo antes de irse a dormir.
  • Acuéstese y despiértese a la misma hora todos los días (no haga siestas o, en todo caso, procure que no duren más de 30 minutos).
  • Utilice la cama únicamente para dormir o para la actividad sexual.
  • No transforme su tiempo en la cama en el tiempo de resolver sus problemas. Haga una lista de las cosas que ha de hacer al día siguiente y después intente quitarlas de su mente.
  • Si no puede conciliar el sueño después de 20 minutos, levántese de la cama y realice una actividad tranquila como leer o escuchar música.
  • Duerma sólo lo necesario para encontrarse descansado y despejado al día siguiente. Limite la presencia en la cama a un máximo de 8 horas.
  • Procure que el dormitorio sea tranquilo y sin exceso de luz, con una temperatura agradable. Conviene dormir en una cama cómoda y con un pijama adecuado, que no apriete y no dificulte los movimientos.
  • No se esfuerce demasiado en intentar dormir; si después de unos 30 minutos de estar en la cama es incapaz de conciliar el sueño, levántese y realice alguna actividad relajante como leer, darse una ducha de agua templada o escuchar música hasta que sienta de nuevo sueño. Evite mirar constantemente qué hora marca el reloj.
  • Limite la ingesta de líquidos previa a irse a la cama, así evitara los despertares nocturnos para ir al baño.
Solamente cuando lo anterior no haya dado resultado se recurrirá a los tratamientos farmacológicos, siempre bajo prescripción y control médico
.
La toma de benzodiacepinas de vida media corta o de otros fármacos, además de realizarse a la menor dosis posible, se prescribirá solamente en el caso del insomnio transitorio o de corta duración, o bien a corto plazo en el insomnio de tipo crónico, de forma intermitente, ya que el uso de dichos tratamientos de forma prolongada puede dar lugar a dependencias farmacológicas y empeorar los problemas para conciliar y mantener el sueño.

Fuente: Mapfre

viernes, 30 de octubre de 2015

Conociendo la Depresión a fondo

La depresión es un trastorno de primer orden en cuanto a frecuencia y trascendencia dentro de las enfermedades que afectan a los adultos mayores. La existencia de tratamientos eficaces que pueden mejorar la calidad de vida de quienes padecen este trastorno obliga a prestar especial atención a este problema. Se debe mantener un permanente estado de alarma que permita su detección, para posteriormente abordarla con los tratamientos de los que se disponen.

No es infrecuente que la depresión aparezca por primera vez después de los 60 años, aunque la mayoría de las depresiones graves tras cumplir dicha edad suelen ser recaídas. En la población anciana, la depresión con frecuencia se diagnostica mal, no se reconoce o queda enmascarada por síntomas somáticos o por deterioro cognitivo. La depresión no tratada puede tener consecuencias dramáticas, como la institucionalización, enfermedades físicas, deterioro psicosocial o incluso el suicidio.

Es erróneo creer que es normal que los adultos mayores se depriman; al contrario, la mayoría de las personas de edad avanzada se sienten satisfechas con sus vidas. Cuando un adulto mayor se deprime a veces su depresión se considera erróneamente un aspecto normal de la vejez. La depresión en los adultos mayores, si no se diagnostica ni se trata, causa un sufrimiento innecesario para el adulto mayor y para su familia. Con un tratamiento adecuado, el adulto mayor tendría una vida placentera.

La depresión es la enfermedad psiquiátrica más frecuente en la población anciana. Tiene una prevalencia del 1-4% en personas de edad superior a 65 años y origina el 60% de los ingresos psiquiátricos en sujetos adultos mayores. Por otra parte, también está presente en el 30% de los pacientes adultos mayores afectados de enfermedades médicas, agudas o crónicas. Dada su relevancia social y la afectación tan importante de la calidad de vida de los que la sufren, debería existir una sensibilidad hacia el problema en todos los niveles asistenciales, y especialmente en atención primaria, donde se produce con más frecuencia la solicitud de ayuda médica por parte de los adultos mayores con depresión.

Existen evidencias de que la prevalencia de depresión es mucho mayor entre los adultos mayores institucionalizados. Aproximadamente entre el 10% y el 20% de los individuos de edad igual o superior a 60 años ingresados en camas hospitalarias sin deterioro cognitivo tienen una depresión mayor. La depresión se asocia con frecuencia a las enfermedades médicas en los adultos mayores. Los síntomas de la depresión en los adultos mayores pueden ser diferentes de los que aparecen en adultos más jóvenes, lo que acarrea dificultades para el diagnóstico y conduce a que un elevado porcentaje de depresiones en el adulto mayor carezca del tratamiento apropiado. Otro problema que aparece con frecuencia es que la depresión en el adulto mayor se considera una consecuencia natural del proceso de envejecimiento o de otras enfermedades concomitantes. Esta falsa convicción conduce a no emplear los tratamientos antidepresivos, que alcanzan actualmente un alto grado de eficacia y seguridad.

Existen distintos factores que pueden ayudar a desencadenar un síndrome depresivo en este periodo de la vida: factores endógenos (producidos por los cambios bioquímicos del proceso de envejecimiento) y factores exógenos (producidos por la interacción con el entorno). Estos son:
  •  Factores endógenos
    •  Dolor crónico
    •  Dificultad en la movilización
    •  Cambios en la bioquímica cerebral
  • Factores exógenos
    •  Esfera afectiva
  •  Cambios en el rol familiar
  •  Muerte de seres queridos y cercanos
    • Esfera social
  • Jubilación
  • Aislamiento social
  • Pérdida del rol social

Tratamiento

Los objetivos del tratamiento consisten en la reducción de los síntomas depresivos, evitar la ideación suicida, las recaídas o de las recurrencias, mejorar el estado cognitivo y funcional y ayudar a los pacientes a que desarrollen las habilidades necesarias para lidiar con su incapacidad o adversidad psicosocial, si fuera necesario.

La planificación del tratamiento debería comenzar con una evaluación que se centralice en la identificación de la ingesta de cualquier droga que predisponga a la aparición de depresión. El tratamiento de la causa de base o la suspensión del fármaco causante es necesario, pero por lo general no es suficiente para lograr la remisión de la depresión. Los antidepresivos, la psicoterapia o ambos son necesarios y su combinación es la opción terapéutica preferida para la depresión en el adulto mayor; sin embargo, la farmacoterapia o la psicoterapia como únicas medidas son alternativas aceptables si la depresión es leve.

La psicoterapia, en muy diversas formas (terapias cognitivas, interpersonales, psicodinámicas, etc.), tiene un papel importante en tratamiento de la depresión en el adulto mayor en casos de intensidad leve o moderada dentro de un abordaje integral del problema.

Los fármacos antidepresivos, con un importante desarrollo en los últimos años, son conocidos desde hace décadas por su alta eficacia en el tratamiento de la depresión. El adulto mayor presenta algunas peculiaridades cuando se usan estos fármacos.

Por una parte son extremadamente sensibles a algunos efectos secundarios presentes en varios de estos fármacos: empeoramiento cognitivo, efectos cardiovasculares, urinarios, sedación,... Por otra parte pueden presentar varias enfermedades acompañando a la depresión, que sean sensibles a estos efectos adversos: cardiopatía, demencia, hipertrofia de próstata,… Además, pueden estar tomando otros fármacos que interaccionen de forma adversa con el antidepresivo, disminuyendo su efecto o potenciando los efectos secundarios.

Por todas estas razones la elección del antidepresivo debe ser ajustada a las características del paciente por parte del médico de atención primaria, psiquiatra o geriatra, que son los profesionales más frecuentemente implicados en estas situaciones.

Para manejar mejor la depresión en el hogar, los adultos mayores deben seguir una serie de recomendaciones:
  • Hacer ejercicio regularmente, buscar actividades agradables y mantener buenos hábitos de sueño.
  • Aprender a vigilar los signos tempranos de depresión y saber cómo reaccionar si empeoran.
  • Minimizar el consumo de alcohol y evitar las drogas psicoactivas. Estas sustancias pueden hacer que la depresión empeore con el tiempo y también pueden alterar el juicio respecto al suicidio.
  • Rodearse de personas que sean cariñosas y positivas.
  • Hablar de sus sentimientos con alguien en quien se confíe.
  • Tomar los medicamentos correctamente y aprender la forma de manejar los efectos secundarios.

Complicaciones

La complicación más preocupante de la depresión es el suicidio. Otras complicaciones abarcan la disminución del desempeño del trabajo y el deterioro de las relaciones sociales.

Además, se sabe que la depresión complica la evolución de las enfermedades médicas del anciano; interfiere en la rehabilitación de enfermedades incapacitantes como el ictus y se traduce en una mayor mortalidad por cualquier causa en quien lo padece.

Esta mayor mortalidad se ha atribuido a varios factores:

  • Menor soporte social del adulto mayor deprimido.
  • Peor estado nutricional por pérdida del apetito.
  • Posibles efectos de la depresión sobre el sistema inmunitario.
  • Pérdida de motivación para el cuidado personal.

El suicidio ocurre con el doble de frecuencia en los adultos mayores que en la población general y el 80% de los adultos mayores mayores de 74 años que se suicidan sufren de un síndrome depresivo. La depresión mayor y el abuso de sustancias ocupan los primeros lugares de causas de suicidio en esta franja etaria. Aunque la ideación suicida disminuye con la edad, cuando está presente es un factor de riesgo.

La epidemiología de la conducta suicida en los adultos mayores puede describirse bajo los términos de idea suicida, intento de suicidio y suicidio. La prevalencia de desesperanza o de pensamiento suicida en los adultos mayores varía desde el 0,7% hasta el 17%. Existe una estrecha asociación entre el suicidio y la patología psiquiátrica, particularmente la depresión. La prevalencia de pensamientos suicidas en los adultos mayores con enfermedades mentales asciende al 4%.

Las tasas de suicidio en los adultos mayores varían entre las culturas, aunque información de la Organización Mundial de la Salud revela el aumento de la prevalencia con la edad. En el caso de los hombres, la tasa asciende del 19,2 por cada 100.000 habitantes entre los 15 y 24 años al 55,7 por cada 100.000 habitantes entre los mayores de 75 años. En las mujeres, los valores correspondientes ascienden a 5,6 por cada 100.000 y a 18,9 por cada 100.000, respectivamente.

Los factores de riesgo para el suicidio en los adultos mayores son:


  • abuso de alcohol y otras substancias.
  • síntomas psicóticos.
  • ansiedad importante.
  • historia familiar o personal de intentos de suicidio.
  • exposición a acontecimientos estresantes en las semanas previas al suceso.
  • falta de apoyo y aislamiento social; en especial individuos que viven solos (solteros, viudos o divorciados).
  • ciertos trastornos físicos, en especial deterioro visual, enfermedades malignas y neurológicas.

La detección del pensamiento suicida es oportuna en personas con patologías depresivas, intentos suicidas previos, enfermedades físicas o aisladas socialmente. Los mayores no suelen referir sus pensamientos suicidas, e incluso pueden estar presentes en individuos con escasos síntomas depresivos. Por lo tanto, los profesionales de la salud deben estar entrenados para detectarlos.
El suicidio en el adulto mayor es un fenómeno complejo y multifactorial. Los programas de búsqueda activa, prevención y tratamiento deben centrarse en esta población debido al mayor riesgo de suicidio, sobre todo en aquellos que presenten factores de riesgo adicionales.

jueves, 29 de octubre de 2015

Consumir cacao reduce el envejecimiento cerebral

El cacao es la base del chocolate, uno de los alimentos que más se han “demonizado”. Muchos indican que es malo para nuestra salud, aunque, cada vez son más los estudios que afirman que sus propiedades pueden ayudarnos en varios aspectos de la vida.
El cacao es uno de los máximos depuradores del organismo que se conocen. Se recomienda para mejorar la salud en las personas mayores, y es sabido que nos quita la depresión y el mal humor.
Si bien es un ingrediente muy beneficioso para nuestra salud cerebral, conviene destacar su aporte calórico, por lo que debemos combinarlo con una dieta sana y actividad física para no ganar peso.
Se investiga para determinar si el cacao podría llegar a tener incidencia o mejorar enfermedades de deterioro cognitivo más graves como es el caso del Alzheimer. Aún no se ha llegado a conclusiones certeras.
Sin embargo, tampoco es cuestión de comer chocolate todos los días con la excusa de que es bueno para el cerebro. Principalmente para las personas mayores de 65 años y los que tienen problemas de sobrepeso u obesidad no sería tan beneficioso.
La ingesta recomendada oscila los 20 gramos de chocolate al día como máximo.
De esta manera estarían reduciendo la ansiedad que provoca hacer régimen y la presión autoimpuesta por los kilos que se desea bajar.
Este antioxidante ayuda a reducir el envejecimiento cerebral. Al cumplir más años, se producen ciertos cambios en el tejido cerebral. De a poco disminuye su peso y consume menos cantidad de glucosa y oxígeno.
Esto repercute en la memoria. Porque las neuronas se destruyen o se atrofian y no pueden hacer sinapsis (conexiones).
Además de los ejercicios cerebrales o mentales como, por ejemplo, los crucigramas, el sudoku o aprender un idioma pasados los 50; la comida es fundamental.
A pesar que el consumo de chocolate se determina que es malo para la salud, por la obesidad que produce; su consumo moderado puede ayudar a la salud mental.  

Fuente: Diarioportal

 
Usamos cookies propias y de terceros para mejorar su estadia en el Blog y realizar análisis de uso de nuestro sitio.
Si continúa navegando consideramos que acepta su uso. OK Más información